domingo, agosto 01, 2010

Ilusión

Hay mas necesidades que satisfacer que mi propia vida a seguir, ahora y siempre. Por mas dulce que uno pinte la situación, no importa cuan natural, real y conciente parezca siempre hay una gran desilusión por debajo que nos lleva al súmmum de la crisis mas tensa y nefasta que podamos tener.

No importa quien seas, como seas, como te trate la vida, como disimules que te trata la vida; desilusiones hay para repartir de sobra, cuando menos lo esperes, cuando mas imprevisto te encuentres, cuando mas estés disfrutando de un momento.

Son varias las sensaciones encontradas, debido a cuan crítico haya sido el momento de la desilusión: muerte, pena, sollozante llanto, depresión, alegría por descarto, inconsolable angustia contenida. Cualquiera fuese la situación, mientras la desilusión no se resuelva, ya sea por “olvido”, rechazo o lucha –entre otras- el individuo que transita en este momento, a veces corto, a veces duradero, otras veces constante, se encuentra en un tiempo de espera. Un momento (al menos si uno cree que no ha vivido aun una desilusión) ya vivido hasta por el ser mas joven del mundo, en adelante. En la vida tenemos una sucesión constante de tiempos de espera –es mas, éste escrito se está pergeñando en uno de ellos-, pero nunca uno tan crudo como el de una desilusión. Que desde que nos ponemos unos instantes, por mas mínimos que sean, a pensar en ello entramos en un trance que nos genera un coma conciente, un coma despierto en el que la mente sigue en movimiento junto al cuerpo pero por dentro todas nuestras acciones se paralizan al dolor ensordecedor del corazón, que late con un latido insensible y sin vida con una arritmia latente, o al menos el sentimiento de la misma, que hasta nos hace creer que el mismo censura al movimiento.

Hemos vivido momentos similares, quizás no en la presión que sentimos sobre el corazón, pero si en esa sensación interminable de infinito sin resolución. Como en la espera de un turno médico, en pleno invierno, con la gripe en auge social y las clínicas con una espera mínima de tres horas y media, con suerte; mientras que el mismo día nos sentimos física y quizá mentalmente –por el agotamiento, la espera de unos resultados, o causa de problema físico generado por lo cerebral (Ej. migraña)- como la mierda, horas y horas, que a pesar de ello vivimos, seguimos con la rutina, oímos, despertamos por la mañana, nos desmayamos, comemos, vomitamos, sea cual fuere el caso, lo hicimos, reitero: por mas mierda que nos hayamos sentido, vivimos, y además de ello fuimos al médico y esperamos en la incertidumbre infinita por horas y horas. Por más nefasto que pudiera ser nuestro diagnostico, fuimos, y al menos tuvimos la satisfacción de terminar con la duda en la resolución, cuando el médico o su secretaria llaman a nuestro nombre. Esa ansia de terminar de una vez con la incertidumbre, que supera o iguala al menos, la agonía.

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