El jueves 12 fui a la casa de él, aplaudí para que me fuera a atender, esperé media hora. No apareció nadie. El sábado volví a ir pero porque tenía cosas que hacer el viernes. Aplaudí sin respuesta de vuelta, me asomé por arriba a ver si había alguien, me pareció que no había nadie. Una luz prendida adentro nomás, se veía que era la de la mesa de luz, pero porque yo conozco la casa. Como nadie respondía imaginé que la habían dejado prendida. Espere un par de horas. Obviamente, no llegaba nadie. Por una de esas casualidades pelotudas de la vida, se me ocurre empujar el portón, que -como ya saben- estaba abierto.
Paso, camino lo más sigilosamente posible sobre un camino de piedras, hasta llegar a la puerta. La puerta, -¡Oh! Que casualidad…- estaba entreabierta. Empujo la puerta lentamente, no chilla tanto como pensé, adentro de la casa no veo ninguna otra luz prendida. Al parecer está todo ordenado: en el comedor, veo que en el estudio también, el baño está igual que siempre; ahora la pieza no. La pieza está ordenada, y no solo eso, no hay ropa.
Mierda.
Una semana atrás.
El personaje que está relatando lo que acaban de leer está bailando “Les petits boudins”, junto con su pequeño cachorro. Muy distraído de los problemas del Mundo, tranquilo, relajado, pasando un domingo en su casa. Tiene razones para estar bailando específicamente ese tema. No solo porque es un amante de la música y de la cultura francesa en general, sino porque ese tema le recuerda otros momentos, otra época. Cosa que todavía no sabemos. Pasa el tiempo mientras escucha el tema. En la pura distracción y placer del momento, ve una sombra en su ínfimo patio trasero. Deja todo como está, disimulada y fugazmente se lleva el perro en brazos y así como está vestido (con una remera, una malla, zapatillas y 16°C), se va.